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HISTORIAS DE CASOS TIPICOS

Unas pocas palabras narran la historia de una mujer que sufría de diverticulitis y siguió el régimen aquí descrito: Cuando estaban de vacaciones, su esposo me envió esta postal. «Ana se portó bien, siguió su consejo, se recuperó, y ahora monta a caballo todos los días en este rancho de recreo.» Ana agregaba una posdata: «Sin fiebre. Sin sensibilidad abdominal. Me siento muy bien. Muchas gracias.»
Crónica de un deportista: «Hay una vieja expresión en la vida —usted obtiene lo que paga — , pero hay excepciones a la regla. Dos años atrás recibí algunos consejos gratuitos del doctor T., los cuales no sólo salvaron mi vida sino que hicieron posible que la pudiera disfrutar y que pudiera comer después de ocho años de dieta estricta, y de estar casi dieciséis meses internado. En 1968 tuve tres operaciones, las cuales prácticamente me inmovilizaron durante un año. Cada una me llevó tres semanas en el hospital y tres semanas más para recuperarme.
»En 1970 tuve como tres o cuatro ataques de diverticulitis, todos ellos dolorosos y fuertes. Los antibióticos orales no me hacían efecto, de modo que tuve que recibirlos por vía endoveno- sa. El doctor T. simplemente dijo: «Pruebe sulfadiazina; es lo único que teníamos durante la guerra, y ningún paciente mío jamás tuvo perforación de intestino.» I-os míos ya se habían perforado, causando una peritonitis.
«Durante la Navidad y el Año Nuevo de 1976 estuve tres semanas internado en el hospital. En febrero de 1976, mientras pescaba en la soledad del Yucatán, tuve otro ataque, pero esta vez estaba provisto de tabletas de sulfadiazina de 500 mg. Tomé seis tabletas durante la noche, y seis al día siguiente.
Cuando regresé, inmediatamente me hice un recuento globular que dio 6.500 glóbulos blancos, mientras las veces anteriores había dado 10.000 y 15.000. Hay una expresión: «Los médicos entierran a sus errores, y los arquitectos (ése soy yo) hacen la hiedra.»
»Desde los ataques de febrero y abril, curados con sulfamidas, he podido comer alimentos fibrosos: apio, judías, col y hasta nueces. Mis movimientos intestinales, los cuales fueron difíciles durante ocho años, son ahora completamente normales.»
La experiencia que tuve con un amigo que además es mi dentista ilustra un dilema interesante y relativamente común. El doctor H. vino al consultorio una mañana temprano para decirme que había estado sufriendo de dolores en la zona derecha del bajo vientre durante cinco días. El examen descubrió sensibilidad abdominal y leve resistencia en esa área. El recuento de glóbulos blancos descubrió 10.000, contra los 6.000 que habitualmente tenía.
En un individuo joven, con estos clásicos síntomas y signos de apenaicitis, una apendicectomía hubiera sido indicada con seguridad. Le expliqué la situación al doctor H. y sugerí tratarlo con sulfadiazina en la suposición de que podía tener una diverticulitis que interesara el colon derecho. Aun si se tratara de apendicitis existía la posibilidad de que el fármaco evitara la cirugía.
Por otro lado, si la cirugía descubría diverticulitis podía verse envuelto en un complicado procedimiento quirúrgico, que tal vez lo postrara por un tiempo. Un apéndice perforado era también una seria posibilidad, pero yo sentía que la sulfadiazina podría contener la situación dentro de un riesgo razonable.
En dos días estaba libre de síntomas. Tres semanas después, una enema de bario demostró que había divertículos en el colon ascendente. Eso sucedió en 1972 y no ha habido reincidencias.
Otro caso, relatado por un paciente: «Un mes después de un ataque de diverticulitis, los rayos X revelaron la presencia de diverticulosis. Me preocupé, pues tenía varios amigos con dolencias similares y todos sufrían intensamente de vez en cuando.
Uno había muerto después de varias operaciones y los demás tenían complicaciones por el mal y las operaciones.
»E1 doctor T. me recetó dos tabletas de sulfadiazina tres veces al día durante el ataque agudo, que duró dos días. Además me indicó —en una eventual recurrencia de dolor con sensibilidad abdominal— que tomara dos tabletas de sulfamidas tres veces al día, y que contactara con cualquier otro médico si él no estaba.
»Por consejo del doctor T., siempre llevo una receta de sulfamidas en viajes fuera del área de mi casa. En varias ocasiones, cuando tuve problemas, usé la sulfadiazina como se me había indicado. En los dieciocho años no he tenido serios problemas.»